domingo, 12 de octubre de 2014

Consuelo

Cuando una amiga o una conocida (incluso una desconocida) lloraba y buscaba su consuelo, él no podía evitar querer llorar también y besuquearla las lágrimas que anegaban sus párpados, la nariz, el costado de la nariz, bajo la línea (casi en la oreja) de la mandíbula… Una imperiosa necesidad sexual lo poseía entonces y soñaba con desnudarla, morderle los pezones y el hueso de la cadera, acariciar sus muslos, escuchar su vientre, besarle el cuello y la barbilla, el sexo, las manos, penetrarla, eyacular dentro, en la boca. Y sentía que, a pesar de que parecía, por evidencia, un pensamiento desconsiderado, egoísta, inoportuno y, al igual, perturbado y machista, en verdad necesitaba hacer todas esas cosas por ella, por admiración a ella (quien fuera), por creerla superior, por deseo de consolarla.
¿Cómo era esto posible?
No lo sabía. Y además, bien cierto era que cada vez que la ordenaba (en su mente) cambiar de posición, pareciera que buscaba su dominio, aunque ella le dominaba el alma. Quería extasiarse de ella, no extasiarla, sentirla con los seis sentidos (los seis), no que ella lo sintiera (tal pretensión habría supuesto una ofensa irreparable). Sólo ella podía decidir si quería valerse de él, así que él no tenía derecho a aspirar a darle placer a quien estaba muy por encima, y debía contentarse con gratificarse la esencia completa de esa divinidad que se llama mujer.