miércoles, 10 de agosto de 2011

El sentido de la vida (versión extendida)

Al nacer le auguraron un futuro brillante, que la fortuna le sonreiría. Poco después, en su cuarto cumpleaños, abrió la puerta del dormitorio de sus padres y encontró a su padre jugando con la amiga de mamá. Contento porque el mundo fuera tan bonito y feliz, quiso expresarle sus sentimientos a su madre. La fiesta se suspendió y se encontró en casa de sus abuelitos con ella. No entendió nada, ¿por qué lloraba? Pero no pasaba nada, le dijeron, que era aún muy pequeño para comprender. Y claro, pensó que tenían razón, pues si todo era tan alegre, ¿por qué estaba triste de repente?
Su padre se olvidó, de pronto, de que tenía un hijo.
Le dijeron, también, cuando su madre comenzó a salir mucho y regresar «rara», casi hablando con más dificultad que él y con un aliento desagradable, que todo se arreglaría; y cuando desembocó en una esquizofrenia, no supieron qué decirle. Encontraron una solución: llevarlo junto a su padre.
Años de olvido pasaron al olvido.
Todo fue, de nuevo, alegría; pero la fortuna era muy caprichosa, y rápidamente se dio cuenta de ello al recibir el primer manotazo. Dios le prometió que aquello pasaría, que habría tiempos mejores y que la felicidad exigía sacrificio y algo de penitencia.
Más tarde se escapó y regresó al regazo de su madre; pero ya no era lo mismo, y la gente se preocupó de recordárselo… y de apartarlos delicadamente de la gente sana. Protección oficial, trataban de explicar, pero él no veía sino un vertedero de casas, casi chabolas, y de gente que producía mucho miedo. No quería vivir allí. Le dieron palabras de consuelo, que estudiara, pero se olvidaron de decirle que para ello se requería dinero.
Cuando tuvo la oportunidad, la rechazó y se puso a trabajar. El hambre apretaba.
Tras los primeros sueldos, resultó que el hambre seguía oprimiendo el estómago. Le conminaban a trabajar duro, que algún día lo ascenderían, y él se preguntaba que a dónde. Y se hartó. Tanto daba ganar algo que no ganar nada, pensaba, alienado. Dejó el trabajo.
Cuando en casa procuraba descansar, cuando el barullo y la mala convivencia se lo impedían, cuando el olor de la marihuana entraba por los resquicios de la ventana mezclado con un ligero tufo a neumático quemado, pedos y suciedad, le pidieron calma, paciencia, que buscaban una solución a los problemas del barrio.
Al hacerlo trizas la depresión, le recordaron que había muchas cosas por qué luchar. Su madre no pensó lo mismo y puso punto final a una historia que se había alargado demasiado. Como fichas de dominó hábilmente dispuestas en fila india, cayeron por la desgana y la apatía sus abuelos. Por último, le dijeron que todavía poseía lo más importante: la vida; y de paso le encontraron solución a sus problemas de convivencia. No más ruido, no más amenazas, no más droga, le aseguraron.
Cuando les estrechó la mano y se vio de patitas en la calle, observó su alrededor y con toda la objetividad que una mente agotada y un corazón hastiado le permitían, se preguntó cuál era el significado de la palabra «vida». Y finalmente tomó una resolución: descubrir el sentido de su vida.
A pesar de las circunstancias estaba tranquilo, en aquel nuevo mundo que le habían creado. Desde su banco, arrebujado en una sucia manta, observaba con detenimiento y tristeza a toda esa gente que cargaba con la casa a cuestas. En su largo divagar por los pensamientos buscando aquello que era su gran misterio, determinó que quizás pudiera ayudarles haciendo que sus aullidos desgarrados y sus súplicas desesperadas tuvieran voz, o letra. Así, podría ser, encontraría su motivo.
A la manera del freelance, retrató las miserias más hondas, y por ellas, gracias, cargó con su propio hogar a la espalda. Aunque era liviana y se podía sobrellevar. O eso pensó. Entre aquellas paredes se sintió más solo que nunca. Miraba con nostalgia al pasado, echaba de menos el banco, los pájaros, el aire y los pasos, los coches, el sol… El silencio lo apabullaba, lo carcomía; era como una pesada losa, o como un cáncer que lo atacaba desde dentro. En su rostro eran bien visibles los estragos de su enfermedad. Comprendió que, a su modo, cargaba también con la casa a cuestas.
Obtuvo una discreta notoriedad como escritor de penalidades, pero con el transcurrir de los años se percató de que no era aquello el gran significado. Pensó que de nada le servía a nadie lo que hacía y que ni siquiera lo llenaba a él. Leía sus obras, les ponía retratos, y para cuando se dio cuenta vio que era su rostro el que aparecía en ellos. Carcasas vacías, sin ilusión, que se limitaban a dar palos de ciego, sin un rumbo definido, a través de una maraña confusa. Revelada la terrible verdad, la futilidad de sus intentos, abandonó la búsqueda del sentido de su existencia. Aquella telaraña le enseñó que dentro del caos no podía haber coherencia.
En su mente visualizó el fatal día en que su madre decidió acabar con todas sus penurias, pensando, sabía, que lo liberaría a él con su sacrificio. Concluyó que quizás lo suyo sería poner fin a su vida también, para liberar al mundo de una pesada e innecesaria carga. Pero entonces, como caída del cielo, apareció ella, para darle unos puntitos de color a la ventana gris por la que se había asomado tanto tiempo. La más hermosa, la más encantadora, en realidad la única. Tarde entraba en el mundo del amor y ya durante demasiado tiempo no había podido satisfacer sus inquietudes.
Recuperó las ambiciones que eran comunes de la sociedad. Se había creído libre e insumiso de las cosas mundanas. Y a causa de éstas enterró en lo hondo las de la imaginación. Fue aquella una época en que el recuerdo de su pasado se volatilizó. Años de gracia y de dicha transcurrieron con una tranquilidad, un sosiego, que ya no miraba ni siquiera hacia el futuro y sencillamente se dedicaba a vivir, se volcaba a ello. A vivir y a beber de ella. Obnubilado por la neblina del amor decidió dar el siguiente paso. Su mujer quedó en estado.
Era su vástago el faro de su vida, su dirección desde que ella falleciera en el parto. Por él luchó hasta lo imposible, vendiéndolo todo para costear su tratamiento. Fue éste un sacrificio que realizó de buena gana, aunque su corazón yacía moribundo y sus ojos no se apartaran del lado derecho de la cama.

Al nacer, su padre le prometió que no estaría solo, que se esforzaría en proveerle de amor multiplicado por dos. Cuando se sentía débil, él le insuflaba valor y coraje. Cuando demandaba el cariño materno que era indispensable de toda criatura, él se lo proporcionaba. No le faltó nunca nada, a pesar de haber perdido lo más esencial. No le faltó nadie, a pesar de estar siempre solo para poder llevarse un trozo de pan a la boca. No le faltó de nada, a pesar de que Papá Noel y los Reyes Magos no supieran hallar su casa. No le faltó nada, fue consciente, aunque a veces sintiera un extraño vacío no sabía muy bien dónde.
Contento porque el mundo fuera tan bonito y feliz, un día quiso expresarle sus sentimientos a su padre. No entendió nada. ¿Por qué lloraba? Si todo era tan alegre, ¿qué sentido tenía ponerse triste de repente? Y su padre le acariciaba la mejilla y murmuraba un «ojalá…» que hasta que no se hizo mayor no comprendió.
Cuando volvía a la escuela tras las vacaciones de verano o Navidad, veía a los demás alardear de sus juguetes y al llegar a casa le preguntaba a su padre. Él le prometía que habría tiempos mejores y que la felicidad no provenía de los bienes materiales, sino del espíritu. Si bien no era consciente de ello, era el sacrificio diario de su padre lo que hizo que lo comprendiera sin demasiados problemas y que no se cuestionara sus palabras. Regresaba junto a sus compañeros y mientras ellos jugaban con ruedas y máquinas él leía y escribía tratando de imitar a su padre, habiendo sentido fascinación desde que tenía uso de razón por la belleza de las formas que plasmaba en el papel con su bolígrafo.
Cuando, en la adolescencia, los compañeros de clase presumían de independencia, él siempre, al recogerlo su padre a la puerta del colegio, le daba un sentido abrazo.
Un día, su padre perdió el trabajo y el hambre apretó. Pudo presenciar cómo pasaba el tiempo, y cómo las consecuencias hacían mella en él; luego se miraba a sí mismo, miraba su plato lleno y el plato vacío de su padre, y aprendió a compartir. Lo amaba. Él era, sabía, el faro de su vida.
Su padre le dio palabras de consuelo, que estudiara, y para ello tuvo que comprender que el mundo no era bonito, que si ya de por sí se requería un gran sacrificio, éste era doble al ser por parte de ambos, padre e hijo. Y estudió, estudió y trabajó a la vez, y lograron con el esfuerzo de ambos salir adelante.
Cuando tuvo la oportunidad, se puso a faenar. Le conminaban a trabajar duro, que algún día lo ascenderían, y ese día llegó pronto. Extasiado, esperó despierto en casa la vuelta de su padre a medianoche, para darle la buena noticia y asegurarle que no tendría que trabajar más. Ése sería su regalo de cumpleaños, ése y el anuncio de su boda. Pero cuando lo vio llegar, con la cara sucia, llena de mugre, arrastrando los pies y el alma y sollozando entre quejidos, supo que aquel día nunca llegaría. Al hacerlo trizas la penalidad y el recuerdo su padre había enfermado.

Postrado en la cama miró a su hijo con los ojos entrecerrados por el cansancio. Luchó por abrir los párpados del todo. Ya que aquélla iba a ser la última vez, quería verlo, grabar su imagen en la retina antes de cerrarlos definitivamente.
Decían que en el lecho de muerte se podía ver la vida correr a toda velocidad. Así pasó. Recordó a sus padres, el alcohol, las palizas, la enfermedad, la depresión, el barrio, todo pasando como diapositivas. Los trabajos, la calle, el banco, la casa vacía, el paritorio, la lápida, las flores, los biberones, los papeles, las matrículas, los sobres y las facturas, las peleas con los bancos, los préstamos para los juguetes, las colas de ayuda social, el hambre, los médicos, el sueño…
Entonces, agonizante, recordó los paseos con su mujer, las caricias, los abrazos, las noches de compañía, la tripa creciente, las patadas… Lo relacionó todo, vio el cordel invisible que lo conectaba todo. En aquel momento, a punto de morir, miró a su hijo y entonces lo vio en toda su plenitud. Vio la luz que emanaba de él, la curiosidad y el afecto que irradiaban sus ojos…, incluso la integridad que conformaba su corazón y su cerebro, y sonrió. Sin quererlo, habiendo olvidado aquella búsqueda tan lejana, lo encontró. Todo había tenido un sentido. Absolutamente todo.